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lunes, 30 de noviembre de 2020

CAMINANDO HACIA NUEVOS HORIZONTES

 

MISERIA EN LAS FINCAS

Kajkan Felipe Mejia Sepet

Cada una de las familias indígenas que han emigrado a las fincas por sus necesidades económicas tienen experiencias diversas que han marcado su vida, y sin excepción alguna han sufrido la discriminación y la explotación de parte de los terratenientes que mantienen las grandes propiedades de una herencia histórica de despojo.

Si bien un buen porcentaje de los habitantes de las comunidades indígenas emigran a las fincas a través de buses, la gran mayoría son llevados en transporte de carga como animales, sin importar que vayan niñas, niños, ancianas, ancianos, enfermos. Y luego las instalan en lugares que están en las mismas condiciones, porque el único objetivo es exprimir su fuerza de trabajo y ser forzada a regresar de nuevo a sus lugares de origen en las mismas condiciones pues el tiempo de labor no da para permanecer en las supuestas rancherías todo el año y tampoco es conveniente para los propietarios.

Cuando no había trabajo en las fincas, llegaban a mi comunidad personajes de dichos lugares para anticipar préstamos a quienes tuvieran la necesidad, y después era cobrado con intereses muy elevados, lo que hacía que muchos solo fueran a pagar su deuda.   

Algunos cuentan la asfixia que se ha generado dentro de los transportes de carga ya que para “evitar accidentes” se cubre el vehículo con lona, lo que hace insoportable la respiración de tanta gente apretada adentro, además de alimentos en descomposición y animales y todo lo que conlleva estar en un vehículo, encerrados por varias horas.

Según mis recuerdos de las veces que acompañé a mis papás a las fincas; no había escuelas, ni centro de salud o medicina alguna. El agua para beber había que sacarla de los ríos o de algún que otro nacimiento. Cada fin de semana se iba a la casa patronal por la ración de maíz y frijol que correspondía a cada familia, sabiendo que los precios de los productos estarían más elevados, y la paga no era suficiente. Muchas veces, las familias tuvieron que pedir dinero prestado a los vecinos o vender algunas herramientas de trabajo con tal de no quedarse sin algo de que comer.       

En una de tantas ocasiones, mi padre fue a la finca quince días antes para encontrar un lugar más o menos cómodo en donde vivir la temporada. Y luego nos fuimos mi madre y yo. Recuerdo que íbamos en un bus y había que pasar un río muy grande. El piloto ya había pasado otras veces por ahí con su vehículo, pero en esa ocasión el transporte fue arrastrado algunos metros por la corriente. Nos asustamos tanto que algunos se tiraron al río y los demás, como pudimos, salimos del bus y caminamos por un puente colgante muy largo, en donde descubrimos que había que saber caminar por él. Algunos optaron por esperar que la mayoría pasaran al otro lado porque se mecía mucho, y también había el riesgo de caerse. Se veía hasta allá abajo la corriente. Y finalmente, el bus ya no pudo pasar hasta el otro lado, y tuvimos que caminar más de diez kilómetros, cuando encontramos a mi padre en la parada, preocupado, pues nos habíamos atrasado más de cuatro horas de lo previsto.

Las tareas de mis padres en la finca empezaban muy temprano con los quehaceres del rancho compartido que se nos dio. Traer leña del bosque, lavar la ropa, preparar la comida del día, traer agua limpia y luego ir al trabajo todo el día, en corte de café. 

Por la edad que yo tenía cuando fuimos a las fincas, recuerdo algunas anécdotas vividas. Por ejemplo, cuando la gente de la ranchería estaba muy enojada pues se especulaba que “alguna persona” estaba aprovechando que nadie se encontraba para robarse la comida. Porque no había familia alguna que no contara que se había desapareciendo la comida de su casa. Así que todos se pusieron de acuerdo en que algunos debían quedarse, y también cuidar por las noches pues quizás aprovechaban que todos estaban cansados y durmiendo para robar. Al final, en una ocasión que escuchamos ruido en una de las casas en plena oscuridad de la noche y la gente pidiendo ayuda, no pudimos con tanta curiosidad y fuimos a ver. Nuestra sorpresa fue que el “supuesto ladrón” era un enorme tecolote que murió después de algunos disparos de escopeta que habíamos escuchado a lo lejos. Ahí nos dimos cuenta de quién nos estaba robando la comida, y nos reímos todos. Eran alegrías tan distintas, provocadas por la naturaleza.

A mi edad, me parecía muy divertido estar en esos lugares, sobre todo cuando los fines de semana con mi padre nos íbamos al arrollo que serpenteaba entre los cafetales y el bosque al pie de la montaña. Nos metíamos al río y buscábamos una buena poza para chapucear un buen rato y luego nos enjabonábamos sobre una de las piedras para luego meternos de nuevo para enjuagarnos. Y mientras nos secábamos bajo el sol, él iba a cortar algunas naranjas y nos las comíamos mientras me platicaba de su vivencia en su aldea, de sus sueños. Y regresábamos a la ranchería justo cuando mi madre nos recibía con el almuerzo que podía preparar con el poco dinero que se ganaba en esas faenas y en esos lugares llenos de peligros y enfermedades.   

Otra anécdota fue cuando mi padre estaba cortando café. En una de las ramas del cafetal estaba enrollada una enorme serpiente de color verde. Y como pudo, mi padre, dio un salto hacia atrás porque se asustó. Uno de los hombres que tenía mayor experiencia en ese tipo de trabajo, se acercó y le preguntó qué le pasaba, él le mostró la serpiente. Entonces el caporal, que era el trabajo de la persona en mención, preparó un palo para poder matarla. La serpiente también se dio cuenta de lo que iba a pasar, y no huyó. Empezó a deslizarse hasta el suelo y se preparó, lista, desafiante. Se enrolló con la cabeza en posición de combate. Esperó al hombre que con su machete estaba quitándole las pequeñas ramas al palo que utilizaría y hablándole a la gente, diciéndoles que iba a enseñarles cómo se debía matar a una culebra. Y la serpiente ahí, esperándolo. Sería un combate entre dos seres, en donde estaba involucrada la vida de cada uno. Muchos creemos que los animales se mueven solamente por instinto, pero los animales también tienen su propia energía, su propia inteligencia.  Cada ser tiene su propio nawal, dicen. Significa que el nawal no es un animal como dicen los extranjeros que estudian nuestra cultura indígena. El nawal es la otra parte que complementa a todos los seres. Es nuestro doble. Y el de la serpiente estaba mostrando en ese momento que había una tarea en donde había que involucrarse. Por eso, cuando empezaron los palos y el hombre trataba de darle en la cabeza a la serpiente, ésta esquivaba sus golpes, aprovechando al mismo tiempo en tratar de asestarle la respectiva mordida, haciendo al señor saltar lejos de ella. Ese tratar de dar y recibir golpes una y otra vez; el hombre con el palo y la serpiente usando su cola y sus colmillos, duró aproximadamente unas dos horas. Se veían cansados, cada uno había agotado sus fuerzas porque llegó el momento en que apenas podían moverse. El señor sudoroso no podía más levantar el palo para golpear ni saltar. Y la serpiente tampoco podía moverse más, ni su cabeza, tampoco el resto de su cuerpo. Hubo un momento en que cualquiera de los dos podía ganar la pelea con un solo esfuerzo más- O cualquiera de los dos podía morir porque se veía que ya ninguno de los dos le quedaba fuerza alguna. Un último esfuerzo del señor fue lo que definió aquel combate; con mucho esfuerzo pudo asestarle un golpe a la cabeza de la serpiente, y eso mismo fue lo que hizo recobrar sus fuerzas porque después vinieron otros palos a la cabeza. Lo que hizo que lentamente la serpiente fuera adquiriendo la relajación de un cuerpo inerte. Luego, el señor se desplomó al suelo, completamente sudado, casi muerto de tanto cansancio. Fue en ese momento entonces que se acercaron los demás compañeros de trabajo para darle un trago de licor. No era de menos haber tenido un combate como aquello, era una competencia entre los seres vivientes de la naturaleza y el ser humano, que en ese momento había ganado. Pero no siempre pasa lo mismo. Muchas veces la naturaleza sale ganando en estas competencias. Y generalmente en un combate como el que cuento, finalmente sale ganando ella porque medio año o un año máximo le queda de vida a quien la desafía porque no ha respetado a los seres bajo su cuidado.     

El último día que mis padres estuvieron trabajando en una finca, nos despedimos de quienes nos habían dado alojamiento por largos y cansados meses, sobre todo para nosotros era muy difícil vivir ahí por el clima cálido, puesto que nosotros procedíamos de tierra fría. Hubo tristeza, llantos e intercambio de utensilios de trabajo de parte de mi padre y de cocina de parte de mi madre para quienes nos habían cobijado en su casa. Había una niña que le tomó mucho cariño a mi familia y quería venirse con nosotros, pero su familia, para calmarla, le dijo que cuando fuera más grande se lo permitirían.

Salimos las once de la noche de la finca, alumbrándonos por todo el camino solamente con algunas candelas y ocote. En un momento, recuerdo, apenas podía sostener la vela entre mis dedos, casi quemándome y por eso opté por dejarla sobre una piedra; redonda que estaba justo al borde de un nacimiento de agua. Ese es el recuerdo que mantengo cada vez que voy a uno de los centros ceremoniales actualmente; porque existe un nacimiento muy parecido al de mis recuerdos.

Dejé la vela en esa piedra, y mientras iba caminando, sentía cómo dejaba parte de mi corazón en cada uno de mis pasos, como despidiéndome para siempre de aquellos lugares al ver cómo la llama de la candelita se iba alejando de mi cada vez más. Y ahora cada paso que voy dando hacia adelante me acerco más a esa candelita de mis recuerdos. Con otros ojos, con otras experiencias vividas en el viaje.

Llegamos las tres de la mañana al lugar para tomar el bus hacia mi ciudad natal. Todo estaba oscuro, nuestras velas se habían acabado y nuestras cosas de regreso consistían solo de algunos utensilios para comer, algunos bananos, nuestra ropa y algunas cobijas. El perro que teníamos, se había venido de regreso con nosotros, pero como no es permitido animales en el bus, como la vez aquella que llegó a la finca sin llevarlo; tuvo que regresarse a nuestra pequeña ciudad de la misma manera. ¿Cuál sería su historia del trayecto de ida y vuelta de aquel amigo fiel? Porque es un largo camino. Encontraría a otros perros que defienden su territorio. Días y noches de camino, gente desconocida, comiendo lo que encontraba, con la idea puesta en volver a encontrarse con sus amigos y estar de nuevo en casa. También tuvo una sufrida y conmovedora experiencia de más o menos de un mes de camino, en su ir y venir para acompañarnos y cuidarnos.  ¿Quién podría ser más fiel qué nuestro perro?

Esas memorias son ahora muy bellas. Y luego, pasados tantos años, regresé a recoger los pequeños trozos de corazón que había dejado en esos caminos y en algunos lugares que ya no son como los tengo en mis recuerdos.

La vida y el tiempo van cambiando, pero no sucede lo mismo con la constante represión de la gente indígena porque como cualquier ser humano, tiene el derecho a un pequeño espacio de tierra para poder hacer su casa y sembrar para su sobrevivencia.

 

En memoria de mi padre Francisco y agradecimientos a mi madre Martina

Al día-energía del Wuqu' Iq' que sigue fluyendo a traves del cerrito arriba del pueblo, al cual ya no tenemos acceso para nuestras ofrendas.


 


Chijay Iximche', Chi wuqu' Iq' 30/11/2020






1 comentario:

  1. Sentí haber estado allí caminando con usted Tata. Mi papi y mi abuelo también trabajaron así en fincas de café en la frontera cerca de Copan. Me encanta la fuerza de los pueblos indígenas que demuestra está historia

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