La odiosa culpa
Aunque todos los humanos somos víctima de ella, la personalidad Tipo e
es la que se lleva los honores. La culpa surge de la valoración moral negativa
que la cultura o cada uno hace de ciertos comportamientos considerados
inadecuados o indeseables. El sentimiento de culpa suele obrar como una forma
de autocastigo que apunta directo al corazón, una especie de harakiri
psicológico autodestructivo, donde se ataca a la persona y no la conducta
específica: "Soy malo", "soy un asco" o "soy
dañino"; en vez de decir: "He cometido una torpeza", "me he
comportado egoístamente", "he sido inadecuado". En otras
palabras, la autoevaluación culposa nunca está ajustada a lo circunstancial,
sino a la esencia misma del sujeto comprometido en la falta, lo que es a todas
luces absurdo e inadmisible, porque nadie es totalmente malo o bueno. No es lo
mismo decir robó una vez, a decir es un ladrón.
No estoy promulgando la insensibilidad ante los daños que podamos
causar, voluntaria o involuntariamente, sino una responsabilidad compasiva que
no incluya necesariamente. la propia mutilación psicológica. Una cosa es asumir
la responsabilidad y las consecuencias de los propios actos con preocupación
sincera, arrepentirse y reconocer la equivocación, y otra muy distinta entrar en
el tormento de la autolaceración psicológica. Enmendar, pero como un acto de
fortalecimiento del yo, aprendiendo de los errores y sin lastimar
descarnadamente la propia esencia.
La culpa tiene un sentido social y uno religioso. Desde la perspectiva del aprendizaje
social, la culpa cumple una función de autocontrol.
La sensación de sentirse malo es tan fuerte e insoportable que hacemos
cualquier cosa para ser evitada, incluido "portarnos bien". Muchas
personas son honestas por convicción, pero otras muchas por miedo a la culpa.
Desde esta óptica, la culpa anticipada puede ser vista como un método para
hacer que la gente no se deje llevar por impulsos indeseables y antisociales,
so pena de ser sometida a escarnio interior. No obstante su eficiencia
relativa, son preferibles aquellos procedimientos pedagógicos más benignos y
con menos contraindicaciones, como por ejemplo la enseñanza programada y
racional de los valores. Recordemos que la culpa, en tanto proceso autodestructivo,
es la antesala de la depresión.
Desde el punto de vista religioso, la culpa parece obrar como un
sentimiento de limpieza. Es la otra cara de la moneda. Aquí, sentirse culpable implica
arrepentirse y un gesto de reparación. Dicho de otra forma: "Si al hacer
algo indebido, no me siento mal de haberlo hecho, soy muy malo o me aproximo a
un perfil psicopático". En otra versión más cinematográfica: "Si no
siento culpa por mis metidas de pata, soy inhumano, una especie de Robocop
insensible que no merece compasión". Así, algunas personas aprenden a
sentirse bien sintiéndose mal. Un masoquismo moralista al estilo japonés y un
culto al sufrimiento inútil. Los yakuza se cortan el meñique en señal de
desagravio y se lo entregan en un pañuelo al ofendido. Los occidentales nos
arrancamos un pedazo de yo, lo aplastamos y se lo entregamos a cualquier
autoridad moral para que nos confirme la expiación. En el caso del autocontrol, la culpa
se vive como una cosa horrible que hay le evitar; en la limpieza, como una bendición
le permite resarcirse frente al mundo, ante los o ante uno mismo. No obstante
las diferencias, en ambos casos los" arrepentidos" muestran la clara
intención de descartarse de la emoción culposa. “discúlpame", es la forma
más evidente de soltarle a otro que nos quite de encima la carga que el pecado
ocasionó y que ya pesa sobre nuestra autoestima.
Una paciente que había enviudado hacía poco, mostraba ciertas
fluctuaciones de su estado de ánimo muy atípicas. Sin que ningún elemento de su
personalidad lo justificara, pasaba de la alegría a la tristeza de una manera
milimétrica. Un día mal, un día bien, luego volvía a sentirse mal, y así. Al cabo
de varias semanas de registro descubrí la causa. Ella confesó muy apenada que
había días en que se sentía demasiado contenta de estar viuda, ya que su marido
la maltrataba física y psicológimente. Como consideraba que eso implica, un
irrespeto a la memoria del difunto por las noches la embargaba una enorme
tristeza y la profunda culpa: "¿Cómo me voy a sentir en, si él está
muerto?" Al otro día, reparaba el “desliz" castigándose de todas las
maneras posibles, especialmente utilizando autoverbalizaciones destructivas
frente a sí misma. Así limpiaba la supuesta falla, pero al mismo tiempo permanecía
atrapada en un duelo de nunca acabar. Después de muchas citas, entendió que su sentimiento
de alivio era totalmente comprensible y tan humano como el pesar que aún sentía
por el alma del fallecido.
La culpa nos ata fuertemente al pasado y nos imposibilita vivir el aquí
y el ahora con tranquilidad. Es un lastre que hace más aburrido y agotador el
viaje.
Por medio de la culpa puedes llegar a odiarte a ti mismo de manera
inmisericorde. Recuerda que tu esencia merece consideración. No necesitas
suicidarte para quedar en paz, porque Dios te quiere vivo, mejorando, y
dignificando tu calidad de existencia pensante. En vez de castigarte, puedes
asumir el compromiso de tus actos, arrepentirte, dar la cara valientemente y
aceptar las consecuencias. No necesitas castigar tu ser para salir bien
librado. Si reemplazas la culpa por responsabilidad y compasión, asumirás el
deber de la reparación, sin aniquilar tu yo. Después de todo, y aunque tu ego
se resista, no eres perfecto. Bota la culpa y reemplázala por algo más
constructivo y formativo que te haga crecer como persona. No te ataques a ti
mismo: respétate.
La magia del perdón
Afirma el conocido dicho: "El tiempo cura todas las heridas",
y como todo refrán, su contenido posee cierta sabiduría popular. No cabe duda,
a veces el tiempo cura las heridas y los hechos se diluyen en el infinito mar
de información almacenada hasta desaparecer. Es posible que la persona
afectada, cuando alguien recuerde inoportunamente los acontecimientos
negativos, simplemente se limite a contestar:
"Eso ya pasó... Ya no tiene importancia". Desgraciadamente,
esta forma natural de alocución
psicológica no ocurre tan frecuentemente como uno podría suponer. En la mayoría
de los casos se necesita una vida entera, o más de una, para que los malos
recuerdos se insensibilicen.
Afortunadamente, el ser humano posee otra facultad
sustitutiva a la amnesia primaria, que no necesita tanto de la memoria
como de la decisión y el amor. A esta aptitud se la conoce como el acto de perdón. Perdonar es el acto por
el cual remitimos o exceptuamos de la deuda psicológica a alguien o a nosotros
mismos. Contrariamente a lo que se piensa, el olvido no es perdón, sino una
alteración momentánea de la memoria, un bloqueo informacional patológico o una
enfermedad neuropsicológica.
Al que perdona no le pasa nada raro en la memoria, simplemente decidió
hacer y hacerse un regalo. Un golpe en la cabeza puede producir olvido, pero no
perdón. Cuando el indulto se otorga, el recuerdo sigue, pero ya no hace daño.
El proceso del perdón incluye un beneficio en doble sentido: alivio del
resentimiento para quien lo ofrece y de la culpa o vergüenza para quién lo
recibe. No solamente es un obsequio que se entrega, sino una forma de autorrecompensa y
liberación. Anthony de Mello decía: "Usted no hace nada para ser libre,
usted descarta algo. Entonces es libre". El perdón es una manera de lavar
el alma y la mente. Es purificar el mundo interior.
Al acto de perdonar se llega por dos caminos: la revaluación objetiva de
los hechos o el amor. En el primer caso, la persona decide revisar el pasado
desde una nueva óptica, más desprevenida y actual, tratando de darle una
oportunidad a los implicados. Este revisionismo autobiográfico intenta
desarrollar una actitud más comprensiva para entender por qué ocurrieron los hechos y cuáles fueron sus causas.
Es un proceso totalmente intencional y guiado por la razón. Su meta no es
justificar ni juzgar a los culpados, sino hallar una explicación que perfila
una interpretación más benigna y tolerante.
Explicar el comportamiento no es lo mismo que justificarlo (podemos
llegar a explicar psicológicamente cómo se desarrolló la personalidad de un
delincuente, pero no justificar sus acciones). Muchas de estas investigaciones
personales terminan en nuevas formas de percepción y evaluación, donde los
agresores son aceptados desde una perspectiva más humana y, finalmente,
absueltos. En otros casos, la indagación puede culminar solamente en una
amnistía parcial, que no es perdón, pero sí una aproximación interesante.
Cuando tenía seis años, mi padre me mandó a comprar el periódico a la
esquina. Yo estaba jugando con la colección de revistas de superhéroes (apenas
diez), de la cual me sentía profundamente orgulloso. Interrumpí lo que estaba
haciendo y fui a cumplir el mandado. Al llegar, el vendedor me dijo que el
camión estaba por llegar y que lo esperara. A los veinticinco minutos compré el
diario y me fui corriendo a mi casa. Al llegar mi mamá tenía cara de haber
peleado, mi padre me arrebató el periódico y se fue para su cuarto. Cuando
entré a mi habitación no encontré mis revistas. Le pregunté a mi madre por
ellas, y entre lágrimas me señaló la cesta de la basura. Cuando me asomé vi mis
revistas vueltas añicos, totalmente rotas. Mi demora había ocasionado en mi
padre una impaciencia tan irracional que había descargado su ira con mis diez
revistas rompiéndolas en pedacitos. Recuerdo que comencé a llorar mientras
trataba infructuosamente de rehacer cada una de ellas. Mi madre me abrazó y mi
padre jamás habló del asunto. Treinta años después, al poco tiempo de morir él,
hablando un día con mis hermanas, lo recordé todo. Como un río fuera de
control, el material reprimido se desbordó y comenzó a calar el alma. Desde
entonces, me he sentado varias veces a revaluar y crear argumentos que me
permitan, tal como decía el personaje de El
príncipe de las mareas, "Aceptar a mi padre
con su terrible humanidad". He encontrado excusas, atenuantes y
paliativos, como por ejemplo la ignorancia del inmigrante, la segunda guerra
mundial y la pobreza, pero aún no he llegado a perdonarlo de corazón.
Hay un segundo camino menos tortuoso y directo para llegar al perdón, y
es el de llegar desde el amor. Aquí la indulgencia es plenaria e incondicional.
Aquí no hay razones, ni intentos de comprensión. El indulto es porque sí, sin
más motivos que el sentimiento de amar, y punto. Cuando nos ofende un hijo, no necesitamos análisis de ningún
tipo, el perdón nace sin esfuerzo ni condición. Podemos jugar a estar bravos
uno o dos días, pero luego, aunque intentemos que la rabia dure lo suficiente
para darle un escarmiento, se nos pasa. Si hay amor, hay perdón. Si amamos a
nuestra pareja, la perdonamos; si nos amamos a nosotros mismos, los perdonamos.
Si no hay perdón, algo le está pasando al amor.
Para solicitar perdón, solamente se llega por un camino: la humildad.
Pero una humillad decorosa. La absolución que se pide, si es digna, es decir,
no humillante y atentatoria de la propia esencia, es un paso importante para el
fortalecimiento del yo. Por ejemplo: "Vengo a pedirte perdón porque te he
sido infiel. No me siento bien de haberlo hecho... Tú no lo mereces... Además
te amo... Perdóname". Es casi como
decir, "compréndeme, quiéreme o acépame", pero sin la autodestrucción
típica del sumiso o el culposo crónico. Una versión menos respetable sería:
"Te suplico que me perdones... Yo no tengo arreglo... Soy una porquería...
No te merezco... Siempre he sido una persona infiel (arrodillándose y juntando
las palmas de las manos en señal de súplica) Por favor, apiádate de mí.. No me
dejes..." Obviamente, si este caso fuera real, independientemente de que
se obtenga o no la clemencia, recomendaría asistir lo más pronto posible a un
buen terapeuta. Requerir el perdón es un acto de valentía y un bálsamo, pero
jamás debe hacerse como un acto de laceración personal, sino de
engrandecimiento.
El perdón sirve para evacuar la memoria de malos recuerdos y alivia tus
heridas. Si decides hacer uso de él, acabarás con buena parte de la carga del
pasado. No necesitas ser un perdonador de tiempo completo, simplemente, dentro
de tus limitaciones naturales, comenzar a intentado. Perdonar y ser perdonado
es un método exclusivamente humano, al cual puedes apelar para cerrar un
capítulo y enterrar lo que te mortifica. Comienza a desaguar el sistema hoy
mismo, elige a quién vas a indultar y comunícaselo. Si no puedes, hazlo
silenciosamente como un acto de autorrecompensa. Te quitarás un peso de encima
y un problema menos por solucionar, además de aproximarte al amor. El perdón te
permite no sólo estar" a paz y salvo", sino "en paz y a
salvo".
Hablar de ello
Aunque el perdón limpie una buena parte de nuestra base de datos, no
todo es resentimiento o culpa.
La memoria contiene sentimientos supremamente resistentes a la erosión
del tiempo (como por ejemplo, los amores imposibles) y dudas sin solución (como
las de algunos hijos adoptados que se preguntan quiénes habrán sido sus padres
y por qué los abandonarían). Hay cosas que no podemos resolver por nosotros
mismos, pero que desgraciadamente ya forman parte de nuestra hoja de vida.
Dudas, miedos, secretos ultraocultos, romances prohibidos, perversiones
simpáticas, en fin, la memoria autobiográfica posee toda una enciclopedia de
intimidarles que hacen más lento el andar y crean confusión.
Mi experiencia profesional es que cuando ese mundo clandestino sale a
flote de una manera adecuada y con la colaboración de personas responsables y
competentes, la cuestión es absorbida por el organismo. No significa que se
encuentre necesariamente la solución, pero muy probablemente la información
pasada perderá gran parte de su valencia negativa. Por lo general, cuando los
pacientes cuentan su "gran secreto" sienten una mejoría inmediata y
el restablecimiento automático de la autoaceptación. Por un lado, descubren que
el oyente no se horroriza tanto como esperaban y, por otro, siempre parece
haber alguien con un problema mayor y eso, aunque sea consuelo de tontos,
ayuda.
Algunas personas se sienten sucias y no merecedoras de amor porque en su
pasado esconden pequeñas "indecencias" y errores de juicio, que a la
hora de la verdad no son tan graves, totalmente comprensibles y más comunes de
lo que se piensa.
Nuestras reservas de sumario son similares. En la intimidad, cuando
nadie nos ve, cometemos las mismas fechorías inofensivas en pensamiento,
palabra y, casi nunca, en obra.
Cuando se tiene un problema hay que sacarlo y ponerlo sobre el tapete
para mirarlo mejor y destriparlo si se puede. Hablar de ello y comunicarse asertivamente
con amigos sinceros, asesores espirituales y psicólogos bien calificados, es
bueno y saludable. Contarle a un buen escucha, que nos acepte pese a todo, nos
hace sentir en casa. Es repartir, así sea por un rato, la carga entre dos.
Si tienes algún secreto que te agobia, alguna pregunta sin respuesta,
algo de lo cual te avergüenzas, y el perdón no te sirve, no te quedes en
silencio. Habla de ello. Busca alguien de confianza que pueda escucharte.
Cuéntalo sin pelos en la lengua, ni esguinces de ningún tipo. Saca todo a
relucir y te sorprenderás del resultado. Si te da pena, siente la pena hasta
aturdirte con ella, pero habla. Nada de lo que ocultas es en principio
inexplicable. Todo es entendible si lo expones con sinceridad. Comparte tu
mundo interior: ésa es una manera saludable de comenzar a borrar el pasado
improductivo y ponerle punto final a lo que no vale la pena.
DE REGRESO A
CASA
Walter Rizo

No hay comentarios:
Publicar un comentario