Kajkan
Ayer me interné en
mis recuerdos y con ellos pasé por el espacio llamado distancia. Y ésta se
convirtió en un ser que fue difuminándolos uno a uno hasta que solo quedaron
imágenes abstractas de un pasado que no logro ahora distinguir.
Pasó el
tiempo-espacio y esos recuerdos se convirtieron en pinceladas de colores y sin
forma alguna. Ahora son imprecisas, como la cima del cerro cuando la neblina que va opacándola lentamente.
Mis días pasaron,
dejando huellas que lentamente fueron borradas por el viento de mis
pensamientos presentes. Por mi palpitante realidad.
Hoy camino lejos de
mí y me atrevo a besar la tierra que amo sin la guía de mi luz. No hay quien pueda
acompañarme en este sitio. No escucho contar los días sagrados, ni nadie conmigo
para escuchar tocar la música de la nostálgica chirimía.
Solo silencio, solo
soledad que viene a mí una y otra vez a sonreírme, a brindarme su abrazo.
Mantengo la ilusión de las palabras llevadas por las suaves olas del viento que
fluyen de tu boca. No hay quien pueda hablarme así, así como tú. Hablarme sobre
el significado del presente segundo de mi vida y hacerlo uno con los días maya.
Ahora solo.
Mis labios buscan
el lodo, una, dos y tres veces para estar seguro que aún existo en este cuerpo
físico ligado al espiritual. Y ligado a
ti.
De repente me
siento como aquella hoja que por última vez intenta quedarse pegada al sendero pero
es arrancada por la caída de una lluvia fuerte, que insiste en su época.
Sin destino y acostado
a la orilla del camino, está el recuerdo de la juventud del árbol bajo los
rayos del sol. La hoja se seca en su tiempo, algo despacio, y el viento la
lleva a otra colina. ¿Podré volar yo?
En mi caminar, una
anciana me sonríe con pasos lentos. A través de sus canas muestra sabiduría, y lleva
una pequeña red de mazorcas. Me saluda y me pide no perderme. –Gracias-, le
respondo. Pero yo con el empeño único de llegar a la cima de mi cerro; apreciar
la vista y dejar el resto de mis recuerdos. Buscando otra clase de granos para
comer y compartir en el futuro.
Luego camino para
abajo mientras contemplo dentro de mí la cosecha que llevo preparada para
sembrar en tierra fértil. Voy a ver si el maíz mío soporta el invierno y el
verano en realidades diferentes. Me pregunto si podré crecer recto. Si el
Creador quiere, será.
Llego a casa con
una piedra que tiene alguna forma en mi mano derecha. ¡No recuerdo donde la
recogí! Y contemplo los elementos fuertes de nuestra Madre Naturaleza,
especialmente el fuego que me hace falta.
¿Y cómo es que me
he ido de este espacio tan gratificante?
Ya no siento mi
rostro quemándose y mi alma limpiándose al aire libre y el frío.
¿Me voy o me quedo?
Vendré o ya no,
será cuestión del viento y el efecto de los cambios de mi medioambiente, de mi
entorno.
Por eso hoy,
hincado, ofrezco mis besos a la Madre
Naturaleza. Con mis labios parados y mis ojos húmedos por no
saber que decir. Coloco un beso y otro sobre la tierra, puestos para ser
llevados por el aire o adherida a la lluvia.
No encuentro cómo expresar lo que
siento por este lugar y su magia. Estoy seco como la hoja frágil que teme al
vuelo desconocido. Cargo mis tareas cotidianas y ando en el camino rutinario.
Pero mi mente se ocupa pensando en el futuro, un misterio del cómo será. Y el
pensar en el presente se me dificulta por vivir en un dilema.
Hoy te escribo solo
con el mayor deseo de verte y de alguna manera agradecerte por llegar a
entenderme y escuchar los estados de mi corazón.
Hoy entonces me
visto exteriormente, fingiendo alegría y muchos colores. Pero en mi interior;
me quedo en una sombra y miro adelante, buscando la luz de mi sol.
Junio 2,010

LINDO....
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