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jueves, 22 de mayo de 2014

LA CULPA Y EL PERDON

La odiosa culpa

Aunque todos los humanos somos víctima de ella, la personalidad Tipo e es la que se lleva los honores. La culpa surge de la valoración moral negativa que la cultura o cada uno hace de ciertos comportamientos considerados inadecuados o indeseables. El sentimiento de culpa suele obrar como una forma de autocastigo que apunta directo al corazón, una especie de harakiri psicológico autodestructivo, donde se ataca a la persona y no la conducta específica: "Soy malo", "soy un asco" o "soy dañino"; en vez de decir: "He cometido una torpeza", "me he comportado egoístamente", "he sido inadecuado". En otras palabras, la autoevaluación culposa nunca está ajustada a lo circunstancial, sino a la esencia misma del sujeto comprometido en la falta, lo que es a todas luces absurdo e inadmisible, porque nadie es totalmente malo o bueno. No es lo mismo decir robó una vez, a decir es un ladrón.

No estoy promulgando la insensibilidad ante los daños que podamos causar, voluntaria o involuntariamente, sino una responsabilidad compasiva que no incluya necesariamente. la propia mutilación psicológica. Una cosa es asumir la responsabilidad y las consecuencias de los propios actos con preocupación sincera, arrepentirse y reconocer la equivocación, y otra muy distinta entrar en el tormento de la autolaceración psicológica. Enmendar, pero como un acto de fortalecimiento del yo, aprendiendo de los errores y sin lastimar descarnadamente la propia esencia.

La culpa tiene un sentido social y uno religioso. Desde la perspectiva del aprendizaje social, la culpa cumple una función de autocontrol. La sensación de sentirse malo es tan fuerte e insoportable que hacemos cualquier cosa para ser evitada, incluido "portarnos bien". Muchas personas son honestas por convicción, pero otras muchas por miedo a la culpa. Desde esta óptica, la culpa anticipada puede ser vista como un método para hacer que la gente no se deje llevar por impulsos indeseables y antisociales, so pena de ser sometida a escarnio interior. No obstante su eficiencia relativa, son preferibles aquellos procedimientos pedagógicos más benignos y con menos contraindicaciones, como por ejemplo la enseñanza programada y racional de los valores. Recordemos que la culpa, en tanto proceso autodestructivo, es la antesala de la depresión.

Desde el punto de vista religioso, la culpa parece obrar como un sentimiento de limpieza. Es la otra cara de la moneda. Aquí, sentirse culpable implica arrepentirse y un gesto de reparación. Dicho de otra forma: "Si al hacer algo indebido, no me siento mal de haberlo hecho, soy muy malo o me aproximo a un perfil psicopático". En otra versión más cinematográfica: "Si no siento culpa por mis metidas de pata, soy inhumano, una especie de Robocop insensible que no merece compasión". Así, algunas personas aprenden a sentirse bien sintiéndose mal. Un masoquismo moralista al estilo japonés y un culto al sufrimiento inútil. Los yakuza se cortan el meñique en señal de desagravio y se lo entregan en un pañuelo al ofendido. Los occidentales nos arrancamos un pedazo de yo, lo aplastamos y se lo entregamos a cualquier autoridad moral para que nos confirme la expiación. En el caso del autocontrol, la culpa se vive como una cosa horrible que hay le evitar; en la limpieza, como una bendición le permite resarcirse frente al mundo, ante los o ante uno mismo. No obstante las diferencias, en ambos casos los" arrepentidos" muestran la clara intención de descartarse de la emoción culposa. “discúlpame", es la forma más evidente de soltarle a otro que nos quite de encima la carga que el pecado ocasionó y que ya pesa sobre nuestra autoestima.

Una paciente que había enviudado hacía poco, mostraba ciertas fluctuaciones de su estado de ánimo muy atípicas. Sin que ningún elemento de su personalidad lo justificara, pasaba de la alegría a la tristeza de una manera milimétrica. Un día mal, un día bien, luego volvía a sentirse mal, y así. Al cabo de varias semanas de registro descubrí la causa. Ella confesó muy apenada que había días en que se sentía demasiado contenta de estar viuda, ya que su marido la maltrataba física y psicológimente. Como consideraba que eso implica, un irrespeto a la memoria del difunto por las noches la embargaba una enorme tristeza y la profunda culpa: "¿Cómo me voy a sentir en, si él está muerto?" Al otro día, reparaba el “desliz" castigándose de todas las maneras posibles, especialmente utilizando autoverbalizaciones destructivas frente a sí misma. Así limpiaba la supuesta falla, pero al mismo tiempo permanecía atrapada en un duelo de nunca acabar. Después de muchas citas, entendió que su sentimiento de alivio era totalmente comprensible y tan humano como el pesar que aún sentía por el alma del fallecido.

La culpa nos ata fuertemente al pasado y nos imposibilita vivir el aquí y el ahora con tranquilidad. Es un lastre que hace más aburrido y agotador el viaje.

Por medio de la culpa puedes llegar a odiarte a ti mismo de manera inmisericorde. Recuerda que tu esencia merece consideración. No necesitas suicidarte para quedar en paz, porque Dios te quiere vivo, mejorando, y dignificando tu calidad de existencia pensante. En vez de castigarte, puedes asumir el compromiso de tus actos, arrepentirte, dar la cara valientemente y aceptar las consecuencias. No necesitas castigar tu ser para salir bien librado. Si reemplazas la culpa por responsabilidad y compasión, asumirás el deber de la reparación, sin aniquilar tu yo. Después de todo, y aunque tu ego se resista, no eres perfecto. Bota la culpa y reemplázala por algo más constructivo y formativo que te haga crecer como persona. No te ataques a ti mismo: respétate.




La magia del perdón

Afirma el conocido dicho: "El tiempo cura todas las heridas", y como todo refrán, su contenido posee cierta sabiduría popular. No cabe duda, a veces el tiempo cura las heridas y los hechos se diluyen en el infinito mar de información almacenada hasta desaparecer. Es posible que la persona afectada, cuando alguien recuerde inoportunamente los acontecimientos negativos, simplemente se limite a contestar:
"Eso ya pasó... Ya no tiene importancia". Desgraciadamente, esta forma natural de alocución psicológica no ocurre tan frecuentemente como uno podría suponer. En la mayoría de los casos se necesita una vida entera, o más de una, para que los malos recuerdos se insensibilicen. 

Afortunadamente, el ser humano posee otra facultad sustitutiva a la amnesia primaria, que no necesita tanto de la memoria como de la decisión y el amor. A esta aptitud se la conoce como el acto de perdón. Perdonar es el acto por el cual remitimos o exceptuamos de la deuda psicológica a alguien o a nosotros mismos. Contrariamente a lo que se piensa, el olvido no es perdón, sino una alteración momentánea de la memoria, un bloqueo informacional patológico o una enfermedad neuropsicológica.

Al que perdona no le pasa nada raro en la memoria, simplemente decidió hacer y hacerse un regalo. Un golpe en la cabeza puede producir olvido, pero no perdón. Cuando el indulto se otorga, el recuerdo sigue, pero ya no hace daño.

El proceso del perdón incluye un beneficio en doble sentido: alivio del resentimiento para quien lo ofrece y de la culpa o vergüenza para quién lo recibe. No solamente es un obsequio que se entrega, sino una forma de autorrecompensa y liberación. Anthony de Mello decía: "Usted no hace nada para ser libre, usted descarta algo. Entonces es libre". El perdón es una manera de lavar el alma y la mente. Es purificar el mundo interior.

Al acto de perdonar se llega por dos caminos: la revaluación objetiva de los hechos o el amor. En el primer caso, la persona decide revisar el pasado desde una nueva óptica, más desprevenida y actual, tratando de darle una oportunidad a los implicados. Este revisionismo autobiográfico intenta desarrollar una actitud más comprensiva para entender por qué ocurrieron los hechos y cuáles fueron sus causas. Es un proceso totalmente intencional y guiado por la razón. Su meta no es justificar ni juzgar a los culpados, sino hallar una explicación que perfila una interpretación más benigna y tolerante.  Explicar el comportamiento no es lo mismo que justificarlo (podemos llegar a explicar psicológicamente cómo se desarrolló la personalidad de un delincuente, pero no justificar sus acciones). Muchas de estas investigaciones personales terminan en nuevas formas de percepción y evaluación, donde los agresores son aceptados desde una perspectiva más humana y, finalmente, absueltos. En otros casos, la indagación puede culminar solamente en una amnistía parcial, que no es perdón, pero sí una aproximación interesante.

Cuando tenía seis años, mi padre me mandó a comprar el periódico a la esquina. Yo estaba jugando con la colección de revistas de superhéroes (apenas diez), de la cual me sentía profundamente orgulloso. Interrumpí lo que estaba haciendo y fui a cumplir el mandado. Al llegar, el vendedor me dijo que el camión estaba por llegar y que lo esperara. A los veinticinco minutos compré el diario y me fui corriendo a mi casa. Al llegar mi mamá tenía cara de haber peleado, mi padre me arrebató el periódico y se fue para su cuarto. Cuando entré a mi habitación no encontré mis revistas. Le pregunté a mi madre por ellas, y entre lágrimas me señaló la cesta de la basura. Cuando me asomé vi mis revistas vueltas añicos, totalmente rotas. Mi demora había ocasionado en mi padre una impaciencia tan irracional que había descargado su ira con mis diez revistas rompiéndolas en pedacitos. Recuerdo que comencé a llorar mientras trataba infructuosamente de rehacer cada una de ellas. Mi madre me abrazó y mi padre jamás habló del asunto. Treinta años después, al poco tiempo de morir él, hablando un día con mis hermanas, lo recordé todo. Como un río fuera de control, el material reprimido se desbordó y comenzó a calar el alma. Desde entonces, me he sentado varias veces a revaluar y crear argumentos que me permitan, tal como decía el personaje de El príncipe de las mareas, "Aceptar a mi padre con su terrible humanidad". He encontrado excusas, atenuantes y paliativos, como por ejemplo la ignorancia del inmigrante, la segunda guerra mundial y la pobreza, pero aún no he llegado a perdonarlo de corazón.

Hay un segundo camino menos tortuoso y directo para llegar al perdón, y es el de llegar desde el amor. Aquí la indulgencia es plenaria e incondicional. Aquí no hay razones, ni intentos de comprensión. El indulto es porque sí, sin más motivos que el sentimiento de amar, y punto. Cuando nos ofende un hijo, no necesitamos análisis de ningún tipo, el perdón nace sin esfuerzo ni condición. Podemos jugar a estar bravos uno o dos días, pero luego, aunque intentemos que la rabia dure lo suficiente para darle un escarmiento, se nos pasa. Si hay amor, hay perdón. Si amamos a nuestra pareja, la perdonamos; si nos amamos a nosotros mismos, los perdonamos. Si no hay perdón, algo le está pasando al amor.

Para solicitar perdón, solamente se llega por un camino: la humildad. Pero una humillad decorosa. La absolución que se pide, si es digna, es decir, no humillante y atentatoria de la propia esencia, es un paso importante para el fortalecimiento del yo. Por ejemplo: "Vengo a pedirte perdón porque te he sido infiel. No me siento bien de haberlo hecho... Tú no lo mereces... Además te amo... Perdóname". Es casi como decir, "compréndeme, quiéreme o acépame", pero sin la autodestrucción típica del sumiso o el culposo crónico. Una versión menos respetable sería: "Te suplico que me perdones... Yo no tengo arreglo... Soy una porquería... No te merezco... Siempre he sido una persona infiel (arrodillándose y juntando las palmas de las manos en señal de súplica) Por favor, apiádate de mí.. No me dejes..." Obviamente, si este caso fuera real, independientemente de que se obtenga o no la clemencia, recomendaría asistir lo más pronto posible a un buen terapeuta. Requerir el perdón es un acto de valentía y un bálsamo, pero jamás debe hacerse como un acto de laceración personal, sino de engrandecimiento.

El perdón sirve para evacuar la memoria de malos recuerdos y alivia tus heridas. Si decides hacer uso de él, acabarás con buena parte de la carga del pasado. No necesitas ser un perdonador de tiempo completo, simplemente, dentro de tus limitaciones naturales, comenzar a intentado. Perdonar y ser perdonado es un método exclusivamente humano, al cual puedes apelar para cerrar un capítulo y enterrar lo que te mortifica. Comienza a desaguar el sistema hoy mismo, elige a quién vas a indultar y comunícaselo. Si no puedes, hazlo silenciosamente como un acto de autorrecompensa. Te quitarás un peso de encima y un problema menos por solucionar, además de aproximarte al amor. El perdón te permite no sólo estar" a paz y salvo", sino "en paz y a salvo".

Hablar de ello

Aunque el perdón limpie una buena parte de nuestra base de datos, no todo es resentimiento o culpa.
La memoria contiene sentimientos supremamente resistentes a la erosión del tiempo (como por ejemplo, los amores imposibles) y dudas sin solución (como las de algunos hijos adoptados que se preguntan quiénes habrán sido sus padres y por qué los abandonarían). Hay cosas que no podemos resolver por nosotros mismos, pero que desgraciadamente ya forman parte de nuestra hoja de vida.

Dudas, miedos, secretos ultraocultos, romances prohibidos, perversiones simpáticas, en fin, la memoria autobiográfica posee toda una enciclopedia de intimidarles que hacen más lento el andar y crean confusión.

Mi experiencia profesional es que cuando ese mundo clandestino sale a flote de una manera adecuada y con la colaboración de personas responsables y competentes, la cuestión es absorbida por el organismo. No significa que se encuentre necesariamente la solución, pero muy probablemente la información pasada perderá gran parte de su valencia negativa. Por lo general, cuando los pacientes cuentan su "gran secreto" sienten una mejoría inmediata y el restablecimiento automático de la autoaceptación. Por un lado, descubren que el oyente no se horroriza tanto como esperaban y, por otro, siempre parece haber alguien con un problema mayor y eso, aunque sea consuelo de tontos, ayuda.
Algunas personas se sienten sucias y no merecedoras de amor porque en su pasado esconden pequeñas "indecencias" y errores de juicio, que a la hora de la verdad no son tan graves, totalmente comprensibles y más comunes de lo que se piensa.

Nuestras reservas de sumario son similares. En la intimidad, cuando nadie nos ve, cometemos las mismas fechorías inofensivas en pensamiento, palabra y, casi nunca, en obra.

Cuando se tiene un problema hay que sacarlo y ponerlo sobre el tapete para mirarlo mejor y destriparlo si se puede. Hablar de ello y comunicarse asertivamente con amigos sinceros, asesores espirituales y psicólogos bien calificados, es bueno y saludable. Contarle a un buen escucha, que nos acepte pese a todo, nos hace sentir en casa. Es repartir, así sea por un rato, la carga entre dos.

Si tienes algún secreto que te agobia, alguna pregunta sin respuesta, algo de lo cual te avergüenzas, y el perdón no te sirve, no te quedes en silencio. Habla de ello. Busca alguien de confianza que pueda escucharte. Cuéntalo sin pelos en la lengua, ni esguinces de ningún tipo. Saca todo a relucir y te sorprenderás del resultado. Si te da pena, siente la pena hasta aturdirte con ella, pero habla. Nada de lo que ocultas es en principio inexplicable. Todo es entendible si lo expones con sinceridad. Comparte tu mundo interior: ésa es una manera saludable de comenzar a borrar el pasado improductivo y ponerle punto final a lo que no vale la pena.

DE REGRESO A CASA

Walter Rizo

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